El Puerto de Santa María, donde todo es posible

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PobreEl mejor 

Fernando_Repiso_7Por un momento dudé si mi visión de El Puerto pudiera ser fruto del recuerdo de aquellos largos veraneos de los años 40 hasta finales de los 60. Pero no, El Puerto sigue siendo igual, sigue oliendo igual y, aunque ha crecido y se ha modernizado, sigue estando donde siempre estuvo, entre la mar, el vino, las dunas y el pino.

Porque, desde que bajas por el cerro de San Cristóbal ya sabes con qué marea te vas a encontrar, te lo anticipa la brisa, el olor mensajero de las primeras bodegas y del canal, que así es como se le llama al Guadalete; lo intuyes nada más pasar por lo que era el cine España, junto al parque donde se quedaron los primeros amores infantiles; y lo compruebas al bajar la calle Luna y ver la altura que tiene el vapor, que primero fue el Adriano II, después el III y ahora el Catamarán, pero que siempre fue y será el vaporcito de Cádiz.

Es, precisamente allí, epicentro y cóctel de aromas inconfundiblemente portuenses, donde convergen el sieno marisquero del canal, el vino que escapa de las ventanas de las bodegas que rodean la plaza de toros desde la calle Catavino, los imaginados sabores de El Resbaladero, el puestecillo de galeras y el penetrante aroma de los mil cocederos que rodean a la hornacina de la virgencita del Carmen que bendecía al pesquero desde la trasera del hospital. Armonía de sensaciones para quienes se dejan llevar por ellas, identidad incombustible, microclima que sólo se explica saboreando el fino C de Cubillo o refugiándose en las inagotable tertulias del gaditano levante. el_puerto_conjunto.jpg
Y es que El Puerto no tiene edad, como su duende no se mide con los años, el tiempo le hace crecer pero no envejecer. Tener Puerto Sherry, Las Redes, Vista Hermosa, Valdelagrana, La Puntilla, El Buzo, La Muralla,  El Manantial (antes Fuentebravía) y que se yo cuantos nombres nuevos para las mismas playas, con todo el recién llegado "glamur" no le ha cambiado; podrá tener mil restaurantes más pero tampoco desaparecen en la memoria las tertulias de la Bodega de Antonio en la esquina de Puerto Escondido, o en la Peña Taurina del Parque, o en la cola de los freideros gallegos o en los soportales del puente viejo.

El Puerto avanza hacia mejor pero no pierde los "sierros" de la calle Palacios, ni las portadas con las heráldicas de piedras que contienen nácares del mar; ni la ventana desde donde se vendían las entradas del cine Macario, si el de la del “la,la,lá”; ni le faltará esa forma de ser, fuente de inspiración, con levante o con poniente, que para eso están ahí los maestros  de lo portuense Muñoz Seca, Rafael Alberti, Pedro Pérez Fernández, Cecilia Böhl de Faber –Fernan Caballero-, de los ecos de Tomás El Nitri, El Negro, ... del pellizco de José Luís Galloso o del sentimiento de Javier Ruibal,… y Joaquín, siempre del Betis, y Montero que nunca dejó de ser sevillista, pero todos portuenses.

Y es que es El Puerto de Santa María o Santa María de El Puerto, lo mismo da, porque al final seguirá siendo nada más y nada menos que “El Puerto”, palabra mayor, cuna del néctar de Menestheo desde el siglo IX antes de nuestra era, lugar embriagador de gente embriagadora y mirador privilegiado de la Gran Bahía, capaz de despertar toda la sensualidad que llevamos encerrada en nuestro ser.

Ayer, hoy y mañana, pasear y captar con nuestros cinco sentidos las esencias de El Puerto, es un placer al que no deberíamos renunciar porque se trata del único lugar del mundo donde es posible ser “marinero en tierra”.